La Ilíada

De todos los grandes poetas, ninguno opone tantas dificultades a los traductores como el padre de la poesía, el viejo Homero. A ninguno quizá de los autores profanos le ha cabido la suerte de ser traducido tantas veces; y, sin embargo, (…) se puede decir que no existe obra alguna (…) fiel de las ideas y sentimientos (…) del original griego.

De este modo da comienzo la exposición que Andrés Bello (1979) hizo de La Ilíada traducida por José Gómez Hermosilla (1848) porque, como bien dijo García Malo (1788), es imposible trasladar a ningún idioma moderno el valor de las expresiones griegas que pintan de un solo rasgo lo que exige muchas palabras en todos los demás pueblos.

A esta primera complejidad, la idiomática, que ha llevado a los diferentes autores a interpretar, que no traducir, la obra de Homero, se suma otro tipo de inconveniente como el que encontramos en las traducciones posteriores de Luis Segalá y Estalella (1910) o Laura Mestre Hevia (1912), donde se trasfiere en prosa lo que fue pensado y creado como un gran poema de 15 693 versos, divididos en 24 cantos, que se recitaba acompañado de un instrumento de cuerda llamado forminge.

Nos enfrentamos así a un libro con una tipología literaria distinta a la original y por ello ínfima, ya que se ha sacrificado la cadencia —la sonoridad de la métrica del verso—, para hacer que esta obra cumbre sea más accesible al público, más entendible.

Con este fin, abordamos la tarea de querer hacer actual este clásico para restarle esa pátina peyorativa de antigüedad, acción que puede ser vista como una carencia que nos aleja del original, pero nos enclava en el tiempo presente, donde nuevas generaciones pueden volver a sumergirse en el rico escenario épico, exuberante y mitológico que una vez recitara Homero.

 

CANTO I

CANTO II

CANTO III